sábado, 25 de agosto de 2012

NABOKOV TAMBIÉN FUE PORTERO



Rusia ha sido cuna de porteros legendarios, entre ellos Yashin, la araña negra.
Sin embargo, uno de sus porteros menos conocido fue Vladimir Nabokov, el gran novelista ruso creador de la inquietante y turbadora novela: Lolita (entre otras).

De 1919 a 1922 Vladimir Nabokov y su hermano Serguei (que moriría en un campo de concentración nazi en enero de 1945) cursaron estudios de literatura en la universidad de Cambridge.
Obligada a emigrar de su país natal amenazada por el terror leninista, la familia Nabokov, demócrata y liberal, hizo un alto en Inglaterra antes de aterrizar en Berlín (donde el padre de Nabokov fue asesinado por un extremista ruso de derechas y años después su hijo enseñaría tenis a niñas alemanas).


El gran mago tenía dos pasiones: el ajedrez y el fútbol y así describe su pasión por este deporte en Habla Memoria (en traducción de Enrique Murillo):

“De todos los deportes que practiqué en Cambridge, el fútbol ha seguido siendo un ventoso claro en mitad de un período notablemente confuso.
Me apasionaba jugar de portero.
En Rusia y en los países latinos, ese intrépido arte ha estado rodeado siempre de un aura de singular luminosidad.
Distante, solitario, impasible, el portero famoso es perseguido por las calles por niños en éxtasis.
Está a la misma altura que el torero y el as de la aviación en lo que se refiere a la emocionada adulación que suscita.
Su jersey, su gorra de visera, sus rodilleras, los guantes que asoman por el bolsillo trasero de sus pantalones cortos, le colocan en un lugar aparte del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre misterioso, el último defensor.
Los fotógrafos, doblando reverentemente una rodilla, le sacan instantáneas cuando se lanza espectacularmente en plancha hacia un extremo de la meta para desviar con la punta de los dedos un disparo raso y veloz como un rayo, y el estadio entero ruge de aprobación mientras él permanece unos instantes tendido en el mismo lugar que ha caído, intacta aún su portería.
[...] Yo fui un portero excéntrico, pero bastante espectacular, en mis tiempos en la Universidad de Cambridge.
No acabé un último partido, en 1936, porque recobré el conocimiento en el cobertizo desvanecido por un puntapié, pero todavía apretando la pelota que un compañero de equipo trataba de sacarme de entre mis brazos”.

“El trabajo de un portero es como el de un mártir, un saco de arena o un penitente: está rodeada por un singular halo de glamour”.

“Sin duda tuve mis días brillantes, de grandes estímulos. El agradable olor del pasto, el famoso delantero de la liga universitaria que, driblando, se acercaba cada vez más a mí, la nueva pelota leonada sobre sus dedos centelleantes, luego, el disparo quemante, el afortunado salvamento, el estremecimiento prolongado que producía. Pero hubo otros días más memorables, más esotéricos, bajo cielos deprimentes, con el área de gol convertida en una masa de lodo negro, la pelota tan grasosa como un budín de ciruelas”. 

VLADIMIR NABOKOV.

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