miércoles, 25 de abril de 2012

PORTEROS EN LA NIEBLA



La insólita historia de un "goalkeeper" inglés perdido en la niebla ejemplifica las peripecias a las que están expuestos los jugadores que la agarran con la mano, se visten diferente y se alegran cuando muchos sufren.
El día no era uno más en Inglaterra, pero nadie lo sabía en el pequeño estadio: como todos los sábados, la pelota iba y venía a pesar del barro, el árbitro estaba en su puesto y los jugadores en los suyos, y uno de los pocos hinchas que había ido esa tarde fría al campo escuchaba en su radio atentamente la BB. Había incluso poca la niebla, que en Inglaterra surge en cualquier momento de cualquiera de los cuatro mares.

Fue la niebla, sin embargo, la que cambió la tarde: de pronto, comenzó a espesarse de tal manera que el guardameta de este lado no veía la otra portería. Al poco tiempo dejó de ver a su símil de puesto, que se había parado casi fuera del área. Luego perdió de vista al linier que marcaba de aquel lado, y se le borró el delantero derecho propio y el jugador contrario que le hacía marcaje personal.

La niebla se hizo tan espesa que de pronto al portero se le escondió, como detrás de un telón, todo lo que quedara más allá de mitad de campo, zona a la que entraban la pelota y los jugadores después de maniobras con cierta lógica, pero de la que salían por cualquier lado, sorprendiéndolo a él y al central, que con buen criterio se había retrasado un par de pasos.

El portero intuía que su equipo estaba atacando cuando veía más o menos quieta la espalda de su compañero, y tomaba precauciones defensivas cuando aparecían en su término visual un par de caras amigas y algunas de las otras.

Así estuvo, con los ojos casi tapiados por ese algodón, hasta que en algún momento ni siquiera pudo seguir viendo al último hombre de su defensa. Según declaró esa noche a un cronista de la BBC, comenzó a preocuparse cuando la ausencia del líbero se prolongó. Pensó que, si había intentado un ataque sorpresivo –sobre todo porque nadie lo vería– ya era tiempo de que recuperara sus posiciones en retaguardia. La demora le hizo pensar que el líbero, si no estaba participando de una ofensiva sostenida de su equipo sobre el arco contrario, podía estar expulsado o lesionado, incluso de gravedad, y él sin enterarse.

El paso del tiempo –creyó que había pasado media hora, después le contaron que habían sido sólo diez minutos– lo llevó de la preocupación a la bronca: ¿dónde estaban sus compañeros? Cada segundo que pasaba era la posibilidad de que una pelota lo sorprendiera, y no supo qué hacer, salvo retroceder hasta la línea del arco y clavar los ojos en el algodón, que se hizo tan espeso que ni los palos veía.

Consideró entonces que era el momento de irse: si le hacían un gol, el referí no se iba a enterar. Hizo un par de pasos hacia la línea del área, pero se detuvo atemorizado: la cancha era un monstruo enorme y vacío. Por suerte, en ese oportuno momento escuchó una voz conocida: "¿Dónde está ese fucking goalkeeper?", le preguntaba el utilero al masajista. Lo estaban buscando desde que, ya en el vestuario y con el partido suspendido, sus compañeros se dieron cuenta de que se lo habían olvidado en el área chica.
Esto que ocurrió realmente en Inglaterra, es algo que sólo le puede pasar a los porteros. Ellos tienen una evidente predisposición a episodios anormales porque, dicho con todo respeto, no son normales como pueden serlo el resto de los jugadores. No porque los transforme la portería: ellos eligen ese puesto y así, un día, quedan al contrario de todos.
El arquero es otra cosa. Está siempre a nuestras espaldas, y cuando más nos divertimos –atacando– es el que menos participa de nuestros placeres. Es el que menos abrazos recibe, es el que menos recompensas se lleva: si jugamos bien, ni la toca; y si jugamos mal, lo sufre más. Cuanto más cerca estamos de él, peor se la pasamos.

Raros, los guardametas que a pesar de todo, siguen firmes bajo los tres palos.

Autor: Ricardo Plazaola, para http://www.arquerosenred.com.ar




















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